Turbo, Antioquia

Los pandilleros que armaron su proceso de paz

Aunque tiene solo cuatro calles, el barrio Gaitán del distrito de Turbo, en el Urabá antioqueño, cuenta más de 17 muertos producto de la guerra entre ‘combos’. “No queremos ni uno más”, dice recio el presidente de la Junta de Acción Comunal.

Yeiner se asoma por una hendija del ladrillo. Mira con desconfianza. Lleva puestas unas chancletas con los colores de Gucci que no libran sus pies del barro. Su madre está presa hace varios meses. Su peinado forma una enorme hoja de marihuana en su cabeza. 

–Qué es lo que quieren –dice en voz baja, casi con vergüenza.

–Hablar con ustedes. Dialogar –le responde el ‘nene’ Arguelles, un hombre de 42 años que conoce a Yerlin desde que era niño, aunque todavía no es adulto. Solo por Arguelles, este joven, miembro de uno de los ‘combos’ del barrio, accede a dar la cara.

Por años, el Jorge Eliécer Gaitán fue considerado uno de los sitios más ‘calientes’ de Turbo. No por esa temperatura húmeda que parece fundir la piel, sino por los al menos 17 muertos que ha dejado la guerra entre pandillas en ese barrio de solo cuatro calles.

El diálogo entre Yeiner y Arguelles llama la atención de otros jóvenes que primero miran curiosos tras una pared en ruinas y al final se acercan mientras hablan en voz baja. Uno de ellos es ‘Pirulo’, que acaba de volver al barrio después de una condena de 4 años por microtráfico. Es el que más habla y el más viejo de todos: tiene 26 años.

“Yo agradezco la cárcel –dice Pirulo con tono de sabiduría–, si no me hubiesen llevado preso, no estaría contando la historia”. Las deformaciones y tumores en una oreja, producto de un machetazo del pasado, parecen confirmar sus palabras. Lo mismo que las heridas y rastros de puñaladas que marcan su cuerpo. Es uno de los pocos jóvenes de su generación que sigue con vida.  

En La Guajira, la Orinoquía, la Amazonía, el Chocó, el Urabá y en las selvas de los valles de los ríos Cauca, vivían centenares de comunidades de las cuales en la actualidad quedan pocas.

(Foto: © Nicolás Acevedo )

En La Guajira, la Orinoquía, la Amazonía, el Chocó, el Urabá y en las selvas de los valles de los ríos Cauca, vivían centenares de comunidades de las cuales en la actualidad quedan pocas.

(Foto: © Nicolás Acevedo )

La pandilla del Gaitán dominaba a otros combos de Turbo. Hasta los grupos al margen de la ley evitan el barrio. “Para coger a un joven del barrio  –cuenta un vecino que pidió omitir su nombre– lo esperaban afuera. No entraban aquí”. Eso le ocurrió a ‘Arturito’, un joven asesinado, dicen, por el Clan del Golfo. Lo mataron en la Carrera 11; el barrio va hasta la 10.

“‘Los agrestes’ eran como 40. Hoy no quedan más de 8 o 10”, dice el ‘Nene’ recordando los días más difíciles. Enumera los muertos con nostalgia. Eran tiempos en los que los del Gaitán se enfrentaban con otras pandillas de barrios como Obrero, La Manuela o El Bosque.

“Pero las cosas están cambiando –afirma–. Llevamos más de 4 meses sin muertos y ahora lo que hay en este barrio es paz. La hemos conseguido a punta de fútbol y gaseosa dos litros”.  

Enumera los muertos con nostalgia. Eran tiempos en los que los del Gaitán se enfrentaban con otras pandillas de barrios como Obrero, La Manuela o El Bosque.

En La Guajira, la Orinoquía, la Amazonía, el Chocó, el Urabá y en las selvas de los valles de los ríos Cauca, vivían centenares de comunidades de las cuales en la actualidad quedan pocas.

(Foto: © Nicolás Acevedo )

El proceso de paz 

Un operativo combinado entre fuerzas de policía y fiscalía se tomó el barrio Jorge Eliécer Gaitán en 2017. Capturaron al menos 67 personas: miembros de pandillas, padres de familia y hasta personas de la tercera edad.

El exteniente Leiva, director de seguridad de Turbo, cuenta que esa operación significó un golpe muy fuerte contra el microtráfico. Mientras que en el barrio recuerdan ese accionar policial como la razón por la que los jóvenes del Gaitán empezaron a perder el liderato como los más temidos.

En efecto, en el intento por sostener su poderío, ‘Los Agrestes’ del Gaitán debieron enfrentar a tiros el deseo de otro combo, los de ‘La Playita’, por ocupar el vacío que dejaron quienes ahora estaban privados de la libertad. Yeiner, sin dejar a un lado esa timidez que lo hace hablar poco, señala en una pared del barrio los agujeros que recuerdan la balacera.

“Ese día sentí miedo. Ese día ya no quise estar más metido en este parche”, relata otro de los jóvenes en voz baja. Para ese momento de la entrevista, al menos ocho pelaos rodean al ‘Nene’ y a un viejo parlante que amplifica con potencia la playlist del celular de ‘Pirulo’. Es reguetón. Aun hablando de muerte, ellos sonríen y hasta bailan. 

En La Guajira, la Orinoquía, la Amazonía, el Chocó, el Urabá y en las selvas de los valles de los ríos Cauca, vivían centenares de comunidades de las cuales en la actualidad quedan pocas.

(Foto: © Nicolás Acevedo )

En La Guajira, la Orinoquía, la Amazonía, el Chocó, el Urabá y en las selvas de los valles de los ríos Cauca, vivían centenares de comunidades de las cuales en la actualidad quedan pocas.

(Foto: © Nicolás Acevedo )

‘El Nene’ relata que, después del operativo, los esfuerzos de algunos vecinos se centraron en los 10 o 12 muchachos que sobrevivieron: “Los empezamos a involucrar en procesos culturales, de artes plásticas. Incluso, con la junta de acción comunal del barrio Obrero, organizamos un torneo de fútbol. Hemos logrado darle manejo al problema y que ellos hagan las paces. Ese es el proceso de paz más exitoso que hemos tenido en Turbo, pero sabemos que las causas son más profundas”.

El líder comunitario se refiere a la misma tesis de Martha Moreno, una mujer que lleva años trabajando por la paz entre pandillas de ese Distrito del Urabá y que ha evitado muchas muertes. Ella, exdirectora del Instituto Municipal para la Protección de la Niñez  y la Juventud -que paradójicamente está siendo demolido- es, quizá, la única persona en todo el Urabá a quien los jóvenes de un barrio u otro, respetan, admiran.

“Aquí no se disputan territorios, ni rutas del narcotráfico, ni ideales políticos… nada. Los muchachos se ‘machetean’ por nada. Se matan porque el uno miró mal al otro o porque el uno miró a la novia del otro. La razón de la violencia es más profunda. Tiene que ver con educación, con oportunidades, con programas laborales”, dice Moreno.

Sobre eso, JUSTICIA RURAL  buscó insistentemente al secretario de Gobierno de Turbo para conocer los programas en torno a las pandillas, pero no atendió los llamados. Tampoco el alcalde.

Y aunque Moreno reconoce que la situación ha mejorado, al menos en el Gaitán, advierte que esta época previa a elecciones es un detonante para que regrese la violencia. “Lo que quieren los jóvenes es que los escuchen. Como estamos en plenas campañas electorales, ellos quieren hacerse notar con uno u otro candidato reclamando lo que nunca han tenido: oportunidades”.

‘El Nene’ apoya este vaticinio. “No hemos tenido muertos, pero las cosas otra vez se están poniendo difíciles. A mí, por ejemplo, jóvenes que conozco me atracaron a pocas cuadras del barrio la semana pasada”, dice. 

“Aquí no se disputan territorios, ni rutas del narcotráfico, ni ideales políticos… nada. Los muchachos se ‘machetean’ por nada. Se matan porque el uno miró mal al otro o porque el uno miró a la novia del otro. La razón de la violencia es más profunda. Tiene que ver con educación, con oportunidades, con programas laborales”, dice Moreno.

En La Guajira, la Orinoquía, la Amazonía, el Chocó, el Urabá y en las selvas de los valles de los ríos Cauca, vivían centenares de comunidades de las cuales en la actualidad quedan pocas.

(Foto: © Nicolás Acevedo )

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