Tumaco, Nariño

Justicia negra: “sobrevivientes de un mundo que no se volverá a ver”

Porfirio Becerra y Antonio Alegría, dos líderes sociales de Tumaco mayores de 70 años, recuerdan la justicia ancestral que perdieron y que luchan por recuperar en una región azotada por el narcotráfico, los grupos armados y la minería ilegal.

Extraña a los espantos: a La Tunda, al Ribiel, a la Pata en la luz y otros seres fantásticos que castigaban a quienes pescaban más de la cuenta. Atrás quedaron los tiempos en los que había mangles rojos de 25 metros de altura y las aguas del río Mira eran abundantes en pescado porque no estaban contaminadas por los residuos de la minería ilegal, los desechos de los laboratorios de coca, los derrames de petróleo y las grasas de los cultivos de palma. Cuando bastaba lanzar al agua un anzuelo envuelto en una carnada de plátano verde para sacar sin demora un sábalo del tamaño de su brazo.

Hoy Porfirio Becerra tiene 83 años y pertenece al consejo comunitario Cortina Verde Mandela. Tiene el pelo blanco y los ojos teñidos por una niebla color ámbar. Está sentado en el sofá de su casa del barrio El Jardín, en Tumaco, delante de una cortina translúcida color verde menta. En esta mañana de viernes tiene la tarea de recordar los tiempos en que la justicia aún estaba en manos de su comunidad, de los mayores, de los afros.

Cuando Porfirio era joven, como en el resto de las comunidades de la región, el habitante mayor y más respetable impartía la  la justicia en la vereda La Espriella. Lo elegía la propia comunidad. “Era una justicia fundada en darle a la razón a quien la tenía. No de castigos brutales sino de castigos de compostura, que llevaran al culpable a reflexionar”, cuenta.

Anteriormente la justicia en Tumaco, Nariño era impartida por los habitantes de mayor edad

(Foto: © Germán Izquierdo )

Quien cortaba un árbol en tiempos de no talar, eran obligado a comprar semillas para sembrar otro en su lugar. Quien comenzaba una riña, tenía que limpiar los caminos vecinales o las orillas del río. Quien pescaba en las quebradas con bejucos venenosos, pasaba  ocho o quince días encerrado. Solo cuando los delitos eran mayores iban a la justicia ordinaria.

Pese a que la Constitución de 1991 reconoció las costumbre de los pueblos indígenas y su sistema propio, no pasa lo mismo con la justicia negra, que sigue en proceso de reconocimiento.

Para las comunidades, manejar con autonomía su propia justicia suponía mantener el control y la unión entre los habitantes, que confiaban en sus jueces, seguros de que la gran mayoría de conflictos se solucionaban sin necesidad de grandes gastos, papeleos y viajes hasta un juzgado del casco urbano de Tumaco.

 “Pero en esta región –dice Porfirio–, hace rato que la ambición le ganó a la razón”. Es fácil confirmarlo al advertir que este municipio de unos 215.000 habitantes, primer exportador de pasta de coca del mundo, concentra hoy un cúmulo de problemas: grupos armados, narcotráfico, microtráfico, minería ilegal, cultivos ilícitos, falta de servicios públicos, corrupción estatal y baja cobertura de salud, entre otros.

Lo anterior se traduce en montañas de procesos que se acumulan en los despachos judiciales. De acuerdo con la encuesta de calidad de vida realizada por el DANE en 2016, en el departamento de Nariño hay un 63,9 por ciento de necesidades jurídicas insatisfechas. 

Para las comunidades,manejar con autonomía su propia justicia suponía mantener el control y la unión entre los habitantes, que confiaban en sus jueces.

La salida al mar y los afluentes con los que cuenta Tumaco son ideales para el tráfico de drogas.

(Foto: © Guillermo Torres )

Porfirio y otros líderes comunales consideran que, si la justicia afro volviera a emplearse, la ordinaria se descongestionaría, pues 35,8 por ciento de estas necesidades son la suma conflictos que se podrían resolver al interior de la comunidad: asuntos familiares (19,4 por ciento), riñas entre vecinos (9,1 por ciento) y deudas (7,3 por ciento)

 “A donde yo voy –dice Porfirio–, trato de llevar el mensaje de nuestra historia. Pero los compañeros jóvenes ya no entienden estas cosas. No saben que las únicas certezas están en el pasado, que nos cuenta lo que pasó, por qué pasó y cuándo pasó”. 

Para Porfirio las dinámicas de los foráneos, y de los que grupos armados que han impuesto su autoridad por la fuerza, rompieron la unidad familiar, la interfamiliar y la comunitaria: “Hecho eso, hicieron todo: nos dividieron, y la división es lo que hace posible que cada uno haga lo que quiera”.

Líderes sociales como Porfirio Becerra enfrentan una dura realidad. Lo más grave son las amenazas de grupos armados. Tumaco encabeza la lista de líderes asesinados en Colombia: 15 desde 2018.

“A donde yo voy –dice Porfirio–, trato de llevar el mensaje de nuestra historia. Pero los compañeros jóvenes ya no entienden estas cosas. No saben que las únicas certezas están en el pasado, que nos cuenta lo que pasó, por qué pasó y cuándo pasó”.

Él mismo tuvo que desplazarse. En los años noventa, su organización Cortina Verde Mandela y otros líderes de la región crearon una reserva ecológica entre los ríos Caunapí y El Rosario. Un área rica en bosques, plantas medicinales y nacimientos de agua. Pero la llegada masiva del narcotráfico los sacó de sus tierras en el año 2000. Hoy siguen buscando apoyo por recuperarlas.

“Yo soy un sobreviviente de un mundo que no se volverá a ver dice Porfirio, luego de pasarse una mano por la cara como quien se seca el rostro–. Viví en una tierra donde la vida era sagrada, donde no necesitábamos vivir como reyes porque teníamos aguas limpias, tierra y bosques que nos daban el alimento. Eso nos bastaba. Hoy las aguas están contaminadas, y el bosque, cada vez más disminuido”.

Después de un silencio, Porfirio se inclina hacia delante y, con una sonrisa apenas perceptible, dice: “¿Sabe una cosa? Nosotros teníamos adivinanzas y mitos con los que enseñábamos la importancia de cuidarnos a nosotros y cuidar la naturaleza. Esos también los perdimos.

Una de esas adivinanzas explica mejor que nada lo que le sucedió a la comunidad en Tumaco. Dice así: “Dios es todopoderoso, pero hay algo que no puede hacer”.

–¿Sabe qué es? –pregunta.

–No sé –responde el periodista.

–Piense bien –dice–.  Y al rato, con una mueca de triste aceptación, responde:  –Dios no puede cambiar el pasado. Porque después de que a usted le dan un golpe, ni él se lo puede quitar.

Las luchas de Antonio Alegría

Mientras Porfirio Becerra habla, Antonio Alegría cabecea a su lado, tratando de ganarle el pulso al sueño. El miedo lo obligó a dormir a ratos. Más de día que de noche, según él porque “a varios compañeros los sacaron de su casa en la noche y los mataron. Y yo no quiero que me cojan por sorpresa”.

Antonio pertenece al consejo de mayores del consejo comunitario Alto Mira y Frontera, uno de los más golpeados por la violencia en la región. “Yo me he salvado de morir, pero el miedo sigue. Está latente”, dice Antonio, un tumaqueño que conoce como pocos la historia de violencia que carga a cuestas Tumaco.

Este hombre de 71 años recuerda con nostalgia los tiempos en que la vida en tierra natal, la vereda de Miraspalmas, era tranquila. Sembraban cacao, plátano, yuca y ñame. En los ríos pescaban dentones, guabinas y pargos, y en las aguas diáfanas de las quebradas, atrapaban camarones de agua dulce con canastos hechos de rampira. En las noches, cuando se apagaba la selva, armaban lecho de guaduas donde se acostaban a conversar al aire libre.

A finales de los años 70, Antonio empezó a interesarse por el trabajo comunitario. “El dulce me quedó gustando –dice– y poco a poco fui metiéndome más en los procesos de liderazgo comunal”. 

Antonio forma parte de consejo de mayores del consejo comunitario Alto Mira y Frontera, uno de los más golpeados por la violencia en la región.

Desde el consejo de Alta Mira y Frontera, Antonio Alegría busca recuperar la justicia ancestral por medio de comités de concilio.

(Foto: © Cristian Leguizamón )

En la década de los 90, los retos para el consejo comunitario de Alto Mira y Frontera, y la vida en las veredas del lugar, sufrió un gran cambio con la llegada del narcotráfico. “Empezaron a llegar personas que no conocíamos. Venían del Putumayo, del Caquetá, de Antioquia. Y con ellos llegó también la coca y el miedo”.

La calma de Miraspalmas se convirtió en una violencia que no dormía. Antonio se acostumbró a toparse con cadáveres frente de su casa, oscilando apenas en las aguas del río Mira. La corriente los traía amarrados o empacados en bolsas, descuartizados.

Con la violencia vinieron las muertes de los líderes, un obstáculo para que las bandas criminales mandaran. El primer líder miembro del consejo en ser asesinado fue Eduardo Cortés. Desde entonces los homicidios no han mermado: Francisco Cabezas, Gilmer Genaro Ramírez, José Jair Cortés, Patrocinio Sevillano y James Escobar, son algunas de las víctimas.

Antonio tuvo que huir. Durante tres meses vivió en Bogotá. Pero el frío lo espantó más que la violencia y, después de un breve paso por Cali, regresó con otros compañeros a Tumaco. “Yo solo puedo ser feliz aquí”, dice.

Hoy Antonio Alegría va de un lado a otro con un morral en la espalda, tocando puertas para consolidar un proyecto que devuelva la justicia ancestral a las comunidades de Tumaco. “Aunque no se va a recuperar del todo –dice–, es muy importante rescatar algo, pues la gente le tiene más confianza a su autoridad propia, a quienes conoce, a los mayores”.

El proyecto de recobrar la justicia ancestral, que Antonio trabaja con la Casa de la Memoria de Tumaco, comenzó con unos comités de concilio en los que se les enseña a los mayores y los jóvenes cómo se impartía la justicia que se perdió hace décadas y que mantenía a la comunidad unida.

El plan aún está muy crudo, pues para consolidarlo se necesitan recursos que el consejo no tiene. Aun así, Antonio no deja de luchar, convencido de que la vida entre la espesa selva que borda el río Mira sería mejor si algo de su pasado regresa a las comunidades. 

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