Montería, Córdoba

Nelly volvió a poner los pies en su tierra

¿Cómo logró una campesina de Cedro Cocido (Córdoba) recuperar la tierra que le arrebataron los Castaño?

  • María José Peláez

    @mariajop4
  • 4 September, 2019

Nelly tenía veintisiete años cuando su esposo salió a trabajar y nunca regresó. “Lo desaparecieron –murmura–. El 7 de marzo de 1990 quedé viuda. En adelante, era frecuente que un susto me cubriera el cuerpo y me paralizara”.

El recuerdo le llega a Nelly de nuevo en forma de parálisis y solo el cacareo de una gallina la saca del escozor.

–Me recorrí todas las fosas y ríos de Córdoba. En donde me dijeran que había un muerto sin identificar, llegaba. Incluso, una vez desenterré un cadáver que había en un lote cercano al trabajo de mi esposo.

–No era él, evidentemente. Lo busqué por cielo y tierra y nunca lo encontré.

A lo lejos, una de sus dos hijas, la mayor, le pide que no se detenga en esa parte de la historia. La entristece. Insiste en que cuente lo demás, con una sonrisa de aprobación. Mientras Nelly se disculpa y les dice que pueden interrumpirla cuando crean necesario. “La diabetes hace que se me olviden las cosas o que me estanque en la nostalgia”.

De todas formas, se demora unos instantes para retomar la historia, pues considera fundamental dejar claro que nunca dejó de buscar a su esposo. Cuando cree que es suficiente, vuelve a la posición de parálisis, reflejo del recuerdo, y cuenta que empacó lo que más pudo y se fue para Montería con sus hijas cogida de las manos. La vida de quietud ya no existía. “Me convertí en una nómada: Cartagena, Barranquilla, Urabá, cualquier lugar con trabajo era un buen lugar para mí. Necesitaba darles de comer a mis hijas”.

Esa correría no le había dejado tiempo de pelear la indemnización por la desaparición de su esposo ni reclamar la tierra que abandonó por miedo de que ella o las niñas corrieran su misma suerte. Así que cuando recibió la llamada de la Oficina de Restitución de Tierras, informándole que le darían una parcela para reiniciar su vida y asentarse en un lugar propio, agradeció taciturna y colgó. No creía lo que le estaban diciendo. Una broma cruel para una víctima del conflicto.

Pero estaba lejos de ser un chiste. Los funcionarios de la Oficina de Restitución llamaron varias veces hasta convencer a Nelly de que podía volver al campo.

–Con esa parcela pagué la educación de mis hijas y monté un negocio.

La Finca de Nelly se encuentra en la Vereda Cerro Cocido a 45 minutos de Montería en Córdoba.

(Foto: © Sophia Gómez )

***

Como cansada de contar, Nelly corta la historia de tajo y se pone a hablar con sus vacas un rato. Las acaricia y corretea. Luego se dobla el pantalón y se encamina a la huerta, de donde saca cuatro yucas enormes que rebana y arroja sin ganas a la sopa que se calienta detrás de ella.

Bueno, le decía que mi hija mayor es policía y la menor tiene dos carreras técnicas. Pero no todo son alegrías. Cuando la primera tuvo a su bebé y estaba con cinco meses de embarazo, desaparecieron a mi yerno también. Nunca supimos más.

Sus nietos dicen que Nelly es mamá, papá, abuela, abuelo y una “berraca”, pues las figuras masculinas de la familia se convirtieron en un sino trágico de desaparición y vacío. Ella llenó ese espacio. En el 86, Nelly ya había perdido a su papá. “La guerrilla se lo llevó y yo me acostumbré a la soledad”.

A pesar de todo, continuó con su tienda y su parcela, que luego le dieron para montar una carnicería. Sin embargo, cuando el negocio ya era próspero, llegaron las amenazas y las vacunas. El 6 de diciembre de 2011 mataron a una clienta. Le dijeron a su hermano que si Nelly no se iba en las próximas veinticuatro horas, ella sería la próxima en morir.

Nelly asegura que sabe de cuál grupo provenían esas amenazas. “Pero no puedo decir, aquí sobrevive el que calla”.

–Van a ser nueve años desde que me fui de mi pueblo, dejé a mis hijas, a mi mamá, mis hermanos y mis negocios. Volví a ser nómada. En ese camino cociné bollos de plátano, trabajé como empleada, planché ropa y vendí verduras en la Plaza. De alguna manera ya estaba acostumbrada a una vida sin tierra.

Pero de nuevo una llamada de la Unidad de Restitución cambió las cosas. Quien estaba al otro de la línea era Melissa Figueroa, la encargada de darle la noticia a Nelly de que en una de las más grandes haciendas de los hermanos Castaño, Cedro Cocido, a cuarenta y cinco minutos de Montería, la esperaban cinco hectáreas en las que podría echar raíces. 

Allí encontraría seis vacas, algunas gallinas y unos cuantos árboles frutales. Además, habitaría con noventa y seis familias, restituidas en otras parcelas, que hasta el día de hoy se asoman para ver quién la entrevista y la saludan con un eufórico “comadre”. 

Los funcionarios de Restitución de Tierras tuvieron que llamar varias veces a Nelly para informarle que podría volver al campo.

(Foto: © Sophia Gómez )

En La Ponderosa, la más hermosa, como llama Nelly a su finca, ya no queda rastro de los Castaño ni del paramilitarismo. Los túneles subterráneos, las caletas y los cuarteles desaparecieron. En cambio, los jardines, los estanques, las lecherías y los puestos de postres pululan. Las familias se esfuerzan por borrar los rastros de la violencia. Renombrar la tierra, fue su primera bandera.

–Cedro Cocido, no– corrige Nelly. –Esta es la Ponderosa–.

Melissa asegura que este es uno de los casos más emblemáticos e importantes para la Unidad de Restitución en Córdoba, pues no solo le arrebató la historia al paramilitarismo y se la devolvió a las víctimas, sino que es uno de los pocos casos en donde no ha habido repetición de la violencia. “Cedro Cocido es una comunidad de paz y productividad”.

Doña Nelly pasó de tener seis vacas a criar doce, de unos cuantos árboles frutales a 110, de producir leche solo para ella a vendérsela a la Quesera Montería, de no tener agua a tener un sistema de reciclaje y ahorro. Doña Nelly solo necesitaba un empujón, y eso es lo que hacemos en la Unidad, con la ayuda de la FAO y los organismos multilaterales. Lo demás lo ha logrado con su esfuerzo. Ahora le pedimos al gobierno que ponga su mano también, con acueductos, alcantarillado, inversión pública, etcétera.

De hecho, Nelly vocifera recordando las promesas de cada político en campaña que le ha asegurado que le va a construir una casa. “¿Ve usted acá una casa?, nooo… Esto es un rancho que yo he construido con mi esfuerzo y con los materiales que me han regalado mis antiguos patrones y la gente buena que me he encontrado en el camino. Pero la casa de puertas, ventanas y ladrillo todavía no llega”.

–Rancho o no, esta es mi Ponderosa y no quiero que se lleve la impresión de que soy una víctima. Yo ya no soy víctima. A mí me dieron esto para que lo embelleciera y lo cuidara y eso he hecho. Yo me he gozado mi tierra. 

Melissa asegura que este es uno de los casos más emblemáticos e importantes para la Unidad de Restitución en Córdoba

***

–Mejor le cuento sobre Charol Juliana, Margarita y Universitaria –dice Nelly mientras pone las manos en los labios para silbarles a tres vacas que se acercan rápidamente ante su llamado.

A Universitaria la abraza con intensidad, pues con ella pagará la carrera de alguno de sus cuatro nietos. La aprieta de las orejas y le conversa. Le agradece porque con su leche se comprará unos zapatos de fiesta y un vestido para el día del grado.

A Nelly la pone nostálgica acariciar a la vaca, pues recuerda que cuando su hija menor se graduó de contadora, después de hacer los técnicos, ella acababa de asentarse en Cedro cocido y corría peligro si se devolvía a Montería. “Lloré toda la noche. Todo el esfuerzo que hicimos para que se graduara y ni siquiera verla recibir el cartón. Fue muy duro. Creo que por eso quiero tanto a esta vaca. Me dejará ver a mis nietos graduarse”.

Si hay dos cosas que la molestan realmente de su vida es que el desplazamiento le haya robado ese momento, pero también que haya sufrido tantas cosas sin estar involucrada en la política. De hecho, Nelly se define como una persona apolítica. “Ni de izquierda he sido como para que me anden amenazando o maten a todos los hombres que he querido”. Se toca el corazón, como si en verdad le doliera, y aprieta las cejas al mirar su vida hacia atrás.

Sin embargo, se acostumbró tanto a agradecer y a “seguir hacia adelante” que pronto vuelve a relajarse y bendice a la Unidad de Restitución por, según ella, ser la única oficina que realmente entiende y respeta a los campesinos. “Nunca he tenido problemas con ellos”.

–Si no fuera por los sicólogos y trabajadores sociales que me mandan me habría enloquecido. La soledad me hace hablar con mis animales, pero sé que también debo hacer contacto con personas.

Entonces, Nelly baja la olla del fuego, deja ir las vacas, se sienta junto a sus hijas y añade: “¿Sabe?, la Ponderosa es como si me hubieran dado cientos de lápices y un bloc de notas para contar mi historia. La historia de una campesina que sobrevivió a la guerra y recuperó su tierra. Así quisiera que se llamara mi próximo libro”.

Nelly vuelve a la parálisis del recuerdo, solo que esta vez no sale de ella. 

Si hay dos cosas que la molestan realmente de su vida es que el desplazamiento le haya robado ese momento, pero también que haya sufrido tantas cosas sin estar involucrada en la política.

La Ponderosa es una finca de cinco hectáreas y ahora Nelly tiene unas cuantas gallinas.

(Foto: © Sophia Gómez )

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