Bogotá, Cundinamarca

“40 años de resistencia valieron la pena”: Margaret Kawharu

Justicia Rural habló con Margaret Kawharu, una importante líder indígena maorí de Nueva Zelanda, sobre su experiencia en procesos de paz y justicias comunitarias étnicas.

  • María José Peláez

    @mariajop4
  • 4 September, 2019

Margaret Kawharu ha defendido los derechos de los indígenas maoríes de Nueva Zelanda por más de veinte años. Su papá era de la comunidad Ngati Whatua, que habita a unos 35 kilómetros de Auckland, y su mamá es holandesa. Desde joven se involucró en las luchas de los maoríes y en su esfuerzo por superar el legado colonial que la Corona inglesa dejó en el país durante el siglo XIX.

Se estima que con la llegada de los ingleses a Oceanía, más de 40.000 maoríes murieron durante las Guerras de los Mosquetes. Bajo el mandato británico las comunidades nativas perdieron muchas de sus propiedades y tierras y fueron sometidas a la explotación y esclavismo de los colonos. Esa situación perduró hasta entrado el siglo XX.

A principios de los 60, cientos de personas se manifestaron contra el dominio europeo y simpatizaron con los maoríes, que llevaban años criticando la complicidad del gobierno con los colonizadores y explotadores británicos.

Gracias a esa nueva ola de protestas y a una generación que ya no estaba dispuesta a aceptar la constante violación a los derechos de las tribus, se creó el Tribunal de Waitangi en 1975. Los jueces recibieron ahí todas las denuncias, testimonios, archivos e informes relacionados con la violación del tratado del mismo nombre que las comunidades firmaron con la Corona en 1840.

The Treaty, como lo llaman los neozelandeses, se implementó bajo una serie de artimañas jurídicas que los líderes maoríes vinieron a denunciar más adelante. Pues las dos versiones del tratado, la inglesa y la maorí, diferían en puntos tan fundamentales como el de la soberanía y la posesión de la tierra.

Por años, la Corona utilizó el tratado como una justificación colonial, sin que los indígenas pudieran defenderse o blindarse frente a lo que habían firmado.

Por eso el tribunal creado en 1975 es fundamental, pues por primera vez hubo un respaldo real para reconocer el Tratado de Waitangi y reparar por las interpretaciones que beneficiaron a los colonos en detrimento de los maoríes.

Todo ese proceso ha llevado a Margaret y a sus coterráneos a una serie de batallas legales para recuperar lo que les quitaron. Por su tenacidad y la de los demás líderes, su tribu recibió cerca de 60 millones de dólares en reparación por los daños causados por la Corona inglesa.

Sin embargo, su posición nunca ha sido la de la confrontación o la beligerancia. Al contrario, Margaret es una fiel creyente de la paz y la unidad. Como vocera y delegada de su comunidad ha intentado establecer puentes y promover conversaciones con el gobierno. Está convencida de que la memoria, la reparación y las acciones restaurativas tienen impactos mucho más duraderos en las víctimas del conflicto, que el castigo y la violencia.

Por eso, en su visita a Colombia no dudó en exponer la investigación que está adelantando en su doctorado en Antropología e historia sobre el Tratado de Waitangi y los desarrollos posteriores a los diversos acuerdos firmados entre las tribus y el gobierno como reparaciones al incumplimiento del Tratado. Margaret es consciente que las características históricas y los acuerdos en ambos países son completamente diferentes, también cree que la búsqueda de la paz es inherente a la condición humana.

Esa búsqueda ha posicionado a Nueva Zelanda como uno de los países más seguros del mundo, con mayor calidad de vida, menor desigualdad y mejor educación. Aunque todavía tienen retos enormes, como el aumento del suicidio juvenil y el desproporcionado encarcelmiento de indígenas frente a la tasa nacional, desde los tribunales se han dado pasos agigantados para mejorar la situación de las tribus.

Nueva Zelanda, incluso, es uno de los pocos países del mundo sin una constitución política escrita y uno de los primeros en declarar a la naturaleza sujeto de derechos, lo que les ha permitido a los maoríes proteger muchos de sus territorios sagrados.

En Justicia Rural hablamos con Margaret para comprender cómo ha sido la implementación de los acuerdos en Nueva Zelanda y conocer su percepción sobre el proceso que está viviendo Colombia y la situación de los indígenas en el país. 

Margaret Kawharu, defensora de los derechos de los indígenas maoríes de Nueva Zelanda.

(Foto: © León Darío Peláez )

Justicia Rural (J.R.): Cuéntenos sobre el Tratado de Waitangi ¿Por qué seguimos hablando de eso?

Margaret Kawharu (M.K.):
El Tratado de Waitangi fue un acuerdo que la Corona inglesa hizo con algunas comunidades maoríes de Nueva Zelanda en 1840. Aunque en un principio parecía una forma de respetar la soberanía maorí, pronto nos dimos cuenta de que no era más que otra herramienta colonial para seguir usurpando nuestras tierras y manteniéndonos a merced de las autoridades europeas. Entonces, solo en 1975 el acuerdo fue reconocido legalmente y se constituyó un tribunal para reparar a los maoríes. Con eso se abrió una especie de Comisión de la verdad, en la que se recibieron quejas, peticiones y declaraciones sobre los abusos y vejámenes en la historia del país hasta nuestro días.

Los grupos tribales maoríes de Nueva Zelanda acudieron a ese tribunal y así comenzó un largo proceso de comprensión de los problemas que los maoríes enfrentaron cuando la Corona les robó sus tierras. La ciudadanía comprendió la deshonestidad, el imperialismo, la dominación y las injusticias que el Tratado trajo consigo y empezó a respaldar la lucha de los grupos étnicos del país.

Se estima que con la llegada de los ingleses a Oceanía, más de 40.000 maoríes murieron durante las Guerras de los Mosquetes.

(Foto: © Goodfreephoto y Wikicommons)

J.R.: Usted lleva casi toda tu vida involucrada en esa causa, ¿por qué?

M.K.: Por mi propio origen familiar maorí. Aunque soy muy rubia y blanca, porque mi mamá es holandesa, mi papá proviene de una larga línea maorí. De hecho, mi única familia en Nueva Zelanda es de origen tribal. Algunos de ellos viven en el centro de Auckland, la ciudad más grande de Nueva Zelanda, y otros donde yo vivo. Es decir, a unos 35 kilómetros de la ciudad, en la zona rural. Por supuesto, los maoríes de ciudad y los del campo tenemos algunas diferencias.

J.R.: ¿Cuáles?

M.K.: Una de las más marcadas es la capacidad que tienen los de la ciudad de ser visibles, escuchados y jugar un rol activo en la toma de decisiones y en el gobierno de Nueva Zelanda. Para nosotros, que estamos en el campo, es más difícil involucrarnos en ese proceso y hacer que nos escuchen. Si bien las cosas han cambiado, todavía las decisiones se toman de forma muy jerárquica y unitaria. El gobierno sigue siendo el que decide cómo hacer las cosas y qué relación tener con nosotros, y eso causa tensiones entre el 15 por ciento de la población que se identifica como Maorí y que está cansada de no ser tenida en cuenta.

J.R.: Pero la mayoría de maoríes, y  usted como una de sus delegadas de paz, aceptaron la implementación de los acuerdos y han ayudado recientemente a su funcionamiento.

M.K.: Sí, es cierto. Pero eso no significa que haya sido fácil. Nosotros aceptamos porque sentíamos que era mejor que nada, pero la implementación está lejos de ser perfecta. De hecho, algunos de los problemas principales que tenemos ahora son la protección de los sitios de patrimonio cultural. Es decir, lugares de importancia, que cuentan nuestras historias, contienen nuestros nombres y son sagrados para nuestras comunidades. Varios términos en los acuerdos, como los referentes a la explotación del medio ambiente y de esos lugares patrimoniales, no quedaron claros y todavía siguen siendo una piedra en el zapato para la conciliación.

«Siempre existe la tensión entre los intereses de la mayoría y lo que beneficia a la población indígena. Por eso, estoy convencida de que la única manera de resistir no es a través de los proyectos de ley y del Estado. Hay que intentar que los no indígenas se den cuenta también de la importancia del multiculturalismo, del cuidado medioambiental y del respeto a la diferencia, para que un día los intereses de las mayorías sean los mismos que los de las minorías. Eso ya está pasando más o menos en Nueva Zelanda. Los ciudadanos están empezando por abrir la discusión sobre cómo hacer del maorí la lengua oficial del país. Hay varios colegios que ya lo están implementando como un curso obligatorio. Y eso nació por la voluntad popular, no por la imposición estatal.» Margaret Kawharu

S.J.: Sin embargo, es difícil conciliar esas visiones, pues todavía los intereses económicos determinan muchas de las decisiones del gobierno. ¿Cree que ese es un factor determinante en Nueva Zelanda para dejar por fuera a los maoríes de las políticas públicas?

M.K.: Probablemente sí, pero debo decir que la situación es bastante diferente a la de Colombia. Primero que todo, Nueva Zelanda es un país con menos de cinco millones de habitantes y un buen número de maoríes con representación política en el Parlamento y visibilidad en la televisión nacional. Sería un error y una exageración insistir en que nuestra situación es tan crítica como la de las comunidades indígenas en Colombia, que sufren la violencia estatal y la de los grupos ilegales.

Prefiero decir que nuestros problemas con el gobierno neozelandés tienen que ver más con la falta de claridad y la deshonestidad con la que se han pactado ciertos acuerdos, que con la persecución o la violencia. Por ejemplo, la Corona todavía posee la mayoría de minerales clave del subsuelo. Eso quiere decir que si debajo de nuestras fincas hay petróleo, el Estado puede comenzar la extracción sin nuestra autorización. Ese es un ejemplo ilustrativo del tipo de diferencias que tenemos. Hay cifras que demuestran que para un maorí es mucho más complicado ganar un caso que para un ciudadano común.

Si nos parecemos al caso colombiano es en que por lo general nuestras tierras se encuentran en donde hay petróleo, oro, plata, abundante agua, entre otros. Todos recursos considerados de interés público. Lo que nuestra experiencia nos ha demostrado es que el “interés público” normalmente está en detrimento del minoritario.

S.J.: ¿Ustedes tienen una justicia especial o comunitaria que los blinde ante la ley? ¿Existe algo así como una ley maorí?

M.K.: No. En Nueva Zelanda todos estamos amparados por el mismo sistema jurídico. Pero hay ciertos artículos dentro de ese sistema que nos defienden particularmente, como la ley de jóvenes maoríes. Se trata de una justicia restaurativa que busca brindarles a los jóvenes seguridad para que no terminen en la cárcel o en la delincuencia común, pues varias investigaciones han encontrado que es más factible que encarcelen a un maorí que a otro neozelandés.

S.J.: ¿Eso significa que en Nueva Zelanda tampoco existen las reservas indígenas o los territorios ancestrales?

M.K.:No. Es decir, ante la ley no existen. Las tierras que habitamos son las que siempre hemos tenido. Por supuesto, antes de la colonización europea teníamos muchas más, pero no nos desplazaron de los territorios que siempre nos pertenecieron. Nos robaron, pero no nos movieron. Eso significa que alguien que no sea maorí igual puede vivir en nuestros barrios, asistir a nuestras escuelas y recibir nuestro sistema de salud, porque es el mismo para todos los neozelandeses.

De hecho, mi familia y mi gente, los Ngati Whatua, invitaron a los colonizadores del siglo XIX, después de firmar el Tratado, a vivir junto a ellos y cosechar sus tierras. Creían en la reconciliación y en la cooperación entre pueblos para salir del conflicto. Nosotros todavía creemos que esa es la única salida para liberarnos de las cadenas coloniales.

S.J.: ¿Y cómo es la relación ahora con los europeos en Nueva Zelanda?

M.K.: Es una relación de altibajos. Los resultados de la colonización no son buenos. Sentir que eres un ciudadano de segunda clase durante generaciones tiene un impacto enorme. Todavía existe un racismo penitenciario evidente, unas tasas mayores de delincuencia entre los maoríes, bajo rendimiento académico entre nuestros jóvenes, mayores tasas de desempleo en nuestras comunidades, padecimiento de enfermedades erradicadas en el resto de la población, pobreza generalizada y más suicidios.

Eso, sin duda, es el resultado de la relación colonial con los europeos, que se acabó oficialmente hace más de un siglo pero que dejó sus secuelas en las entrañas de nuestra población. Pero es un trabajo conjunto y constante que ha dejado resultados mejores de los esperados y que nos ha permitido entender que los descendientes de esos colonos no tienen por qué cargar con la historia de sus abuelos.

S.J.: ¿Cree que tiene que haber un verdadero proceso de reparación y diálogo para que ese trabajo siga dando sus frutos?

M.K.: Claro que sí. Desde la década del 80 el gobierno ha hecho algunos esfuerzos de reconocimiento, como cambiar el nombre de las instituciones estatales, de las universidades y los monumentos públicos, para que ya no se celebre a los colonizadores ingleses, sino a la resistencia maorí. Por otro lado, ha creado las comisiones de investigación y muchos historiadores están reescribiendo nuestra historia con una versión distinta a la de Europa. Incluso, la Corona nos ha pedido disculpas en algunas ocasiones. Pero la reparación tiene que ir más allá y para subsanar los errores del pasado no basta con los actos simbólicos. También debe haber acciones reales y voluntad política para que se cierre la brecha entre los maoríes y el resto de la sociedad, y se respete nuestra autonomía y forma de entender el mundo.

S.J.: ¿Eso quiere decir que las disculpas de la Corona no han sido suficientes para los maoríes?

M.K.: Parte de los acuerdos posteriores al Tratado de Waitangi apuntaron a que el gobierno y la Corona debían disculparse con los maoríes por los asesinatos y violaciones que cometieron contra nuestros antepasados. Sin embargo, una parte importante de la comunidad insistió en que esas disculpas no eran suficientes y no las aceptarían hasta que vieran una intención real de cambiar las cosas. Para mi sorpresa, en los últimos 30 años el discurso de esa facción de los maoríes no ha cambiado y todavía se niegan a aceptar las disculpas. De hecho, hay toda una nueva generación que va incluso más lejos y que quiere que la Corona deje de tomar decisiones en Nueva Zelanda y de intervenir en los asuntos étnicos. Ellos quieren mucho más que unas disculpas, quieren resistir y perdurar como pueblo tribal y autónomo.

S.J.: Pero tengo entendido que en Nueva Zelanda ha habido otras formas de reparación, no solo las simbólicas sino también materiales, ¿es así?

M.K.: Parcialmente sí. Sucede algo muy complejo con la reparación. El Gobierno nos dio dinero para iniciar proyectos productivos, mejorar el rendimiento de nuestras tierras y salir un poco del círculo de inequidades que te describí antes. Sin embargo, ese dinero está condicionado a una serie de cláusulas que nos exigen ser competitivos en el mercado nacional y mostrar rendimiento. Como nuestra comunidad no está acostumbrada a manejar efectivo en esas cantidades ni conoce las lógicas empresariales del rendimiento económico, nos toca contratar a europeos para que nos enseñe a hacer dinero. Entonces, el proceso de reparación material terminó siendo paradójico, porque de nuevo quedamos a merced de un europeo para resolver las cosas. Así que esta forma de reparación a su vez estuvo pensada bajo las lógicas coloniales.

S.J.: Finalmente, ¿tiene algo que decirle a Colombia en este momento en que intenta implementar los Acuerdos de Paz?

M.K.: Lo primero y más importante es que, a pesar de todo lo que dije y por negativo que parezca, buscar la paz siempre valdrá la pena. Estos 40 años de diálogo en Nueva Zelanda le han servido a la sociedad para que entienda y conozca una historia horrible de la que no sabían nada antes de comenzar este proceso.

Los testimonios, los informes, los libros sobre la colonia que se produjeron durante estos años son un recurso muy valioso para construir país y para reparar y coser las heridas. Estamos reescribiéndonos. 

«Si nos parecemos al caso colombiano es en que por lo general nuestras tierras se encuentran en donde hay petróleo, oro, plata, abundante agua, entre otros. Todos recursos considerados de interés público. Lo que nuestra experiencia nos ha demostrado es que el “interés público” normalmente está en detrimento del minoritario»

«Crecimos aprendiendo y adorando a los reyes británicos, apenas ahora estamos hablando de nuestros dioses y de nuestros héroes fundacionales. Crecimos avergonzándonos de nuestros parientes maoríes, ahora es frecuente que la gente común se tatúe con nuestros símbolos ancestrales y haga nuestros bailes para saludar a los extranjeros. Crecimos con una historia que no nos pertenecía ni nos definía. los acuerdos y todo este proceso de reparación, incluso con sus caídas, nos trajeron nuevas narrativas. ¿Que si tengo algo para decirle a Colombia? Claro, que se regale la oportunidad de volver a contarse. Esa es una recompensa enorme.» Margaret Kawharu 

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